Recogida de la aceituna en Porcuna

La mañana en el olivar es bruma fría. Desde el pueblo, en lo alto de la colina, se vislumbran retazos del campo, aquí y allá, cerca y lejos. La piedra de la iglesia como faro en medio de un archipiélago que alcanza hasta donde la vista confunde el amanecer con el horizonte. Los land rovers que parten del pueblo con sus cargas de hombres y aperos desaparecen en el camino y vuelven a aparecer más tarde, como peces de acero y ruido.

Si la ocasión te sitúa en uno de ellos y cierras los ojos impelido por el sueño (son las siete de la mañana), podrás sentir como una serie de olores van despejando la mañana en tu interior: el olor a gasolina y polvo del landrover o el tractor, a aceituna reseca y aplastada de los fardos y cubetas, a tabaco, a ropa usada y a hombre de los jornaleros. 

El camino entre el pueblo y la finca es largo y te iras despertando. El sol que te da en la cara, las charlas asmitosas e insignificantes entre los jornaleros; la mezcla de acentos y de lenguas, las bromas y los compadreos. El florido y barroco idioma del sur de España.

Son los primeros días de enero, y la mañana es fría y clara. El camino de asfalto zigzaguea entre las colinas, subiendo y bajando, derecha e izquierda. De vez en cuando adelantas un ronroneante tractor y su carro, que vacío va rebotando en todos los baches del camino. De repente, los landrovers se detienen bruscamente y toman una bifurcación a la izquierda, introduciéndose por un sendero de tierra, dos rodadas de tierra y piedra, medio escondido entre los olivos.

Dentro de los vehículos los jornaleros se desperezan y mentalizan para el largo día de trabajo. Quizás un último cigarrillo o un sorbo de café o agua. Las ocasionales conversaciones van apagándose dando paso a las órdenes y las instrucciones.

La jornada ha comenzado.

No mucho ha cambiado con el paso de los siglos en el campo Andaluz. Si un calludo y atezado habitante de la Bética o el Al-Ándalus se despertara un buen día en nuestra época en el mismo lugar donde estamos ahora podría ponerse a trabajar con nosotros, bien tal vez tras una mirada sorprendida (cejas arqueadas, media sonrisa en los labios) a los tractores, la diferencia de idioma y vestidos achacándola  al influjo de gentes que vienen a la recogida.

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