Ánfora Olearia Antigua Romana

Miles de ánforas fueron utilizadas durante el Imperio Romano para el almacenamiento  de alimentos, y  en especial para el transporte de aceites, vinos y pescados por vía marítima o fluvial.

Su base  frecuentemente  terminaba en pico, que permitía poder fijarlas con comodidad en la arena, donde se juntaban y preparaban para el  ulterior transporte. Después se cargaban  en las naves hasta su lugar de destino. Las asas estaban colocadas en el mismo cuello de la vasija para agarrarla y  manejarla una sola persona. Estaban provistas de tapón de cierre que impedía el derrame una vez llenas y que servía también como precinto para impedir ser abiertas.  Podía ser éste de cerámica, de masilla de barro soldado o de corcho.  Era usual  que cada recipiente poseyera un sello identificativo del dueño, que permitía no solo saber a quién pertenecía sino también la procedencia,  o  a veces la posible referencia de cumplir con la norma impositiva. La capacidad media de estas vasijas solía ser de unos 50 L  y llegaban a pesar vacías hasta  unos 30 kg.

Las ánforas propiamente del aceite, llamadas olearias, solo debían ser  utilizadas una vez, debido a la  predisposición del aceite a  descomponerse  en estos recipientes  y a adquirir aquellas, fácilmente malos sabores y olores difíciles de erradicar.  Por esta razón, una vez consumido el  aceite,  la vasija se desechaba  y  se tiraba a un vertedero.

En el año 1878 Heinrich Dressell descubrió uno de estos vertederos o depósitos de ánforas usadas, a la orilla izquierda del  rio Tiber,  en un lugar próximo a Roma,  cerca del que había sido utilizado como atracadero o puerto fluvial para  el comercio  y abastecimiento de la ciudad. El depósito  encontrado era tan grande que había llegado a formar de por sí un cerro de  varias decenas de metros de alto, exclusivamente formado por fragmentos y restos de ánforas de todo tipo,  que se disponían en  estratos de diverso grosor.  Allí, se  habían  apilado durante mucho tiempo miles y miles de ánforas olearias junto a otras, en menor número, de vino y pescado. Todas las marcas y distintivos indicaban que  la mayor parte eran procedentes de  La  Bética, provincia de Hispania. Las vasijas  debieron de ser  depositadas entre los años 138 y 260 d.C. y el lugar es conocido hoy como “Monte Testaccio” (monte de la ánforas)haciendo mención a su singularidad.

El mayor productor de aceite de oliva en el Imperio Romano

La  provincia romana de La Bética en Hispania, hoy parte de Andalucía,  fue  la principal proveedora de aceite de oliva de todo el Imperio  Romano y en especial de la ciudad de Roma.  El aceite  procedente del valle del Guadalquivir,  se concentraba en los puertos fluviales para ser transportado en pequeñas naves a través del río y luego en naves mayores a medida que  la profundidad del cauce lo permitía,  para terminar en el mar.  Una vez allí,  la ruta consistía en bordear la península,  navegando hacia oriente y siempre próximos a la costa. Se pasaba el Estrecho de Gibraltar, y después de algunos días de navegación siguiendo el litoral mediterráneo andaluz, se tomaba rumbo al norte, sin perder nunca de vista la tierra firme, hasta llegar finalmente a la desembocadura del  rio Ródano en el sur de Francia.  Desde este punto la vía comercial se bifurcaba en dos: una  que penetraba por el valle de este rio y remontándolo se introducía en Las Galias,  y  la otra, la más importante,  continuaba y seguía la costa hasta  la ciudad de Roma.

La exportación del aceite de oliva  de Hispania era muy antigua, pero debió desarrollarse  especialmente en la época de Augusto (siglo I a. de C.),  a partir de la cual alternaron periodos de mayor o menor intensidad comercial, para ir disminuyendo después del siglo III,  hasta  llegar a casi anularse con la invasión de los bárbaros.  El periodo más intenso de tráfico del aceite transcurrió durante el mandato del emperador Antonino Pío (138 al 161 d.C.).

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